La Muerte de Mayol.
 
La Muerte de Mayol.
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La Muerte de Mayol.
 
 
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Murió Mayol. Miró la foto con más detención: un sujeto demasiado joven para sus setenta y tantos, conteniendo sin esfuerzo la respiración, el fondo azul de una piscina, “Les Dix Rois de la Mer” en sus manos. Otra vez los ojos al titular, y de nuevo de vuelta a la fotografía, el azul diluyéndose desde lo profundo, la piel hecha una con el agua, “Les Dix...” inútilmente abierto, la mirada fija en el lente. La noticia era reciente, de sólo unos meses atrás: un suicidio poco claro, las misma frases ambiguas ante la muerte de un mito, olvidado, pero mito al fin. Se sintió inquieto, la piel ligeramente crispada, hormigueando en su piel unas ansias repentinas por cambiar de lugar... La Sra. Urquieta debió de notarlo, porque le miró de un modo especial, los lentes resbalando sobre sus propios ojos cansados. Anticipó en su mente la pregunta de rigor.
- ¿Todo bien, Sr. Sanz?
- Sí, todo bien -y, enarbolando apenas la hoja de periódico, el recuadro en color flotando entre letras idénticas, agregó—: Murió Mayol.
- Mayol... —la señora Urquieta buscó a tientas en su memoria, los lentes de nuevo firmes sobre la nariz, el dedo sonámbulo acercándose impreciso hacia la sien— ¿Qué escribió?
- No era escritor. Era buzo.
Y antes de la inevitable réplica —después de todo, pensó, qué interés podía ofrecer un buzo en una biblioteca, si fuera la de la Armada, quizá, pero en ésta, y sobre todo aquí, en los archivos perdidos de una hemeroteca amarilla... si al menos fuera Hesse o alguno de los clásicos, siquiera el comentario a alguno de esos jóvenes que parecían desgarrar el mundo a palabrazos, y disfrutar haciéndolo (la semana pasada había recortado a escondidas unas líneas sobre ese norteamericano Leavitt), bueno, sería fácil esbozar una respuesta, pero sobre un buzo...— se volvió de cara a sus papeles, la ruma de periódicos rodeándolo como un cerco, la señora Urquieta resignada a seguir corrigiendo ficheros en el mutismo de siempre, una tarde cualquiera en una biblioteca vacía, los ratones royendo insomnes las esquinas de cualquier anaquel, sin pasos, sin voces, apenas el ruido del resbalar de una hoja a otra, las tijeras bordeando sabias el recuadro en azul, las letras grises, y su mente repitiendo incesante, pincelando casi, tan suave, esas palabras que creía perdidas: “¿Qué será de Mayol?”
Recorrió el camino a casa con una sonrisa triste posada en el rostro. No había pensado recordarlo más, nunca más. Jamás había visto a Mayol, al francés, el de la fotografía en azul. Y, sin embargo, no había dudado en llamar Mayol a aquel muchacho, también azul, de hacía tanto tiempo atrás. “Azul Profundo”, se dijo. Y sintió en su piel el roce frío de un delfín, roce que, aunque lejano, no había querido olvidar.

- ¿Un café, señor Sanz?
- Oh, sí, gracias, muchas gracias.
La señora Urquieta extendió con la misma amabilidad de siempre la tacita humeante de tantas tardes grises. Y aunque ya eran muchos los años, o quizá por eso mismo, depositó es ese gesto cotidiano la única posibilidad de compartir, aunque fuera por un momento, un pedazo de la vida de ese hombre huraño que apenas y si notara su presencia cada día. Él jamás imaginaría que había sido el causante de que ella hubiera preferido venir a enterrarse en vida entre periódicos muertos antes que seguir en la iluminada sección Historia. Mucho menos que se sentara cada tarde de domingo a la mesita del teléfono, no a esperar una llamada que sabía imposible, sino a devanarse el alma pensando en sí debía llamarlo o no, si sería correcto invitarle al pastel de frutas de la once, para terminar, como siempre, desmigajando sola las horas del crepúsculo, más gris y más muda que nunca. La poca de vida que necesitaba renacía el lunes al llegar a la biblioteca. Podía volver, por un instante, a sentir. Por eso el café, por eso la sonrisa tenue, cansada, pero sincera, de su mirada. Tosió levemente antes de hablar, buscando las palabras para no incomodarlo. Con el mismo temblor de siempre, se decidió.
- Sr. Sanz
- ¿Sí, dígame?
Tantos años y aún la cohibía el recibir de frente esa mirada extraña. Algo de tristeza, de cansancio también, la deslumbraba en esos ojos que añoraba ausentes. Se sonrió por dentro de verse tan quinceañera, tan nerviosa como una adolescente. “Estás actuando como una tonta”, se dijo. “Ni que fuera nada del otro mundo. Aunque quizá... No. Lo vas a hacer y lo vas a hacer. Punto”.
- Ayer... —empezó— bueno, ayer estaba navegando por Internet, usted sabe, como se nos está pidiendo que informaticemos esta sección, bueno, estaba practicando un poco y visitando algunos sitios, hay algunas bibliotecas españolas con sitios muy interesantes...
Comenzaba a ver que no funcionaba. Él desviaba la mirada desinteresado, reacción lógica cuando ella sabía perfectamente que lo que fuera tecnología a él le resbalaba, más aún, parecía molestarle, Está bien que fueran viejos, pero, ¿y? Mírenla a ella: es cierto, hace años que se pasó de los 45, pero no por eso no va a interesarse por estas cosas... No, la idea no iba por ahí.
- ...pero, en fin —prosiguió—, no era de eso de lo que quería hablarle. Lo que quería decirle es que como usted me comentó ayer algo sobre ese Mayol y, bueno, yo de buzos no sé nada, pero como usted es tan culto... Bien, la cuestión es que encontré algunas páginas que quizá le interesaran, y me dije: “Gladys, por qué no se las imprimes al Sr. Sanz, él siempre está aprendiendo de todo", bueno, no de todo porque los computadores no los puede ver... disculpe, no quise incomodarlo, bueno, por eso mismo se las imprimí y se las traje, y si me da un segundo...
Buscó en su bolso la carpeta en que guardaba sus papeles importantes y tomó un fajo de hojas en color. Una sonrisa inocente le alegraba la cara mientras las ordenaba orgullosa, antes de tendérselas con esa gentileza que le era tan propia. Sentía en realidad como si todo su cuerpo no fuera otra cosa que una gran sonrisa.
- Aquí las tiene. Yo no sé nada de esto... Parece que hizo hartas cosas ese señor Mayol, no lo conocía, pero parece que también hizo cine... “Azul Profundo”, creo. ¿Vio esa película?
Trataba de adivinar algo en el rostro de ese hombre, algo que delatara su interés, su curiosidad, la alegría compartida que da la gratitud. No se sintió extrañada al no ver ninguno de esos pequeños gestos, al observarlo tan impávido y tranquilo, tan inescrutable como siempre. “Bueno, se dijo, lo extraño hubiera sido que reaccionara de otro modo”. Apagó en su pecho un suspiro de desencanto.
- Sí, la ví —y, levantando apenas los ojos— ¿Le importa si lo reviso más tarde?
- Oh, no, claro que no. Son suyas. Es decir, las bajé para usted, no tiene que devolvérmelas, no. Puede guardarlas, si quiere. Son suyas ahora.
- Gracias.
De vuelta a la taza de café. Si el halo de vapor que aún despedía hubiera emitido algún sonido, habría sido el único en esa sala enorme que volvía a quedar vacía. No quiso volver a mirarlo, no necesitaba hacerlo para saberlo tan lejano como siempre. Suspiró de nuevo y, en silencio, repasó con los dedos la piocha metálica en que brillaba su nombre. "Gladys Urquieta, Biblioteca Nacional”. Por un segundo demasiado largo se preguntó qué era lo que la retenía allí. No quiso pensar más. La piocha volvió al lugar de siempre, sobre su pecho.


No tenía ningún sentido que se mintiera a sí mismo: jamás había querido olvidarse de Mayol. Lo había recordado por años, siempre de un modo distinto, es cierto, con algo de imprecisa inquietud al principio, con una nostalgia a veces rabiosa después, con la tibieza de los mejores recuerdos cuando le empezaron a pesar los años sobre la piel, sobre todo en los últimos tiempos, pero siempre lo había tenido presente. Buscó de nuevo la imagen que había recortado del periódico, el hombre hundido hasta el fondo de la piscina, el cabello alborotado por el agua. Revisó las hojas que le entregara la Sra. Urquieta, ya sin el temblor que le provocaran en la biblioteca esa tarde, la seguridad de sus cuatro paredes protegiéndolo como en una burbuja. Nada nuevo, sin duda: el mismo mítico Jacques Mayol, récord mundial de apnea en profundidad año tras año, refugiado de todo y de todos en la isla de Elba tras inspirar la también emblemática “Azul Profundo” de Luc Besson, alejándose de todo, incluso de los delfines, sus eternos compañeros en las jornadas de buceo, y su “sólo quiero dejarlos en paz” que precediera a su suicidio. Ese era el Mayol francés, aquel del cual se sintiera tan cercano en los tiempos en que conociera la película y del que, paradójicamente, jamás tuviera una sola imagen. Ahora la tenía, pulcramente recortada entre los dedos. Se preguntó si ese anciano, que bien podía representarlo a sí mismo dentro de unos pocos años más, era el verdadero Mayol. “Se llamaba Miguel”, se dijo. Y se sonrió como un niño al recordar de golpe el nombre que había inventado para aquel. Y sí, este del periódico era Mayol, pero Jacques Mayol, el francés, y no ese Miguel al que él había dado nombre hacía tanto tiempo atrás. Le bastó ese recuerdo para entender que el Mayol que él buscaba, el que llamara su atención aquella tarde lejana en la biblioteca al ver la fotografía en azul, no era el Jacques del primer plano, no era ese anciano tan abstraído en su cerebro aguado con “Les Dix Rois de la Mer” en las manos, sino aquel otro Mayol, su Miguel por él mismo bautizado, flotando en ese azul profundo del fondo, hecho vida en ese mismo azul. Y se embebió de pronto y como tantas otras veces en esa imagen de bordes ya gastados por el tiempo y por la misma reiteración de los recuerdos, ese saber su propia mente inundada no de formas ni de pensamientos, sino de aquella sensación líquida que desde esa única vez no le abandonaría ya jamás, que se le quedaría pegada por debajo y en la misma piel como un tatuaje inmenso que lo cubriría por entero hasta ese inalcanzable y nada perseguido día en que pudiera decir que había dejado de sentir. Y sí, el licor ayudaba a entibiar sus recuerdos, a soltar aquellas palabras que tantas veces se repitiera como en un juego, el auto deteniéndose indeciso bajo la lluvia, cuánto tiempo atrás, 20, 25 años quizás —“no saques cuentas, viejo, para qué”—, otra vez cayendo esa noche de octubre, la misma noche en que lo iluminara de pasada en la carretera desierta. Debió insistir para que se decidiera a subir al auto —“Vamos, vas a quedar empapado”—, disfrutando cada segundo de esa turbación inocente, sonriendo de verlo tan indeciso, tan exquisitamente tierno. Quizá él mismo le dijo que se llamaba Miguel, quizá lo llamó así por el recuerdo del coloso gris del Hospital del Trabajador elevándose monstruoso en la vereda opuesta, ya nunca pudo recordarlo, ni se esforzó demasiado tampoco. Guardó ese nombre como un eco en su memoria, reminiscencia de aquel otro eco, el que guardó bajo su piel. Y hubiera deseado —¡cómo hubiera deseado!— que hubiese vuelto por un instante, por un segundo siquiera, para imaginar, con todo lo imposible que sabía que era, que lo capturaba para siempre, para no dejarlo ir más, fantaseando con la gorra de obrero olvidada sobre la guantera y por la que de seguro habría de volver. Pero no. Lo vio alejarse rápido, la gorra encasquetada hasta las orejas, temblando, quizá de frío, quizá no, perdiéndose bajo esa lluvia oscura que no había dejado de caer, que no dejaría de hacerlo en tanto tiempo, cada noche de regreso a esa misma carretera, a buscarlo con algo que a veces era rabia, fisgoneando cada grupo de obreros macilentos mirando a los muchachos —“no me dijiste tu edad, diecinueve tal vez”— , perdiéndote, perdiéndome. Y hoy que has muerto, Mayol —¿has muerto?— te pienso y me pienso, y no hay fuego, es cierto, ya ha pasado el tiempo de los ardores, pero me ha quedado esto otro, este peso enorme sobre el pecho, la garganta que duda en digerir ya no los recuerdos, que esos tienen peso propio, sino los sueños que resbalaron tanto tiempo ha de las pupilas, durmiendo muertos bajo las ojeras, los años también. “Y qué ha sido de tu vida, Mayol?” “Nada. Me casé. Tengo tres hijos, el mayor se llama como yo, Miguel. Y la suya, Sr. Sanz, qué es de su vida?” “Pues, nada. Aquí. Extrañándote”. Y si nunca volví a verte, ni esa noche ni la siguiente, ni en tantas noches de recuerdo, ni en aquel buscarte, el mentir a veces en un lugar cualquiera —“me recuerdas a alguien, ¿sabías?”—, si no volviste. Y esta noche pasarán “Azul Profundo” en televisión, homenaje de Besson al Mayol francés, a sus delfines, y, para mí, a tu piel. Y cerraré los ojos —“Sólo quiero dejarlos en paz”—, ya no para dormir, que ya he dormido suficiente, y alguien se acercará con una taza de café, se alterará, lógico, yo tampoco sabría qué hacer en un caso así. Quizá y si logre despertarme. Quizá no. Espero que no.-